¿Han observado alguna vez una de esas vertientes donde una gran esfera de piedra parece flotar sobre un cojín de agua? Cientos de kilos de roca se deslizan suavemente sobre remolinos que hacen círculos… y aparentemente sin esfuerzo.  

 

¿Qué tal si pudiéramos interactuar con otras personas con esa misma calmada, poderosa y fluida naturalidad?

En el mismísimo núcleo de nuestro ser disponemos de un serie de reacciones que nos ayudan a sobrevivir. Miles de años de práctica han refinado nuestra habilidad para protegernos de las amenazas y los peligros. No poseemos caparazones como las tortugas ni colmillos como los tigres… pero poseemos cerebros super-sensibles.

Cuando nuestro cerebro percibe una amenaza, reacciona para protegernos; ello es una respuesta de supervivencia instalada en el cerebro límbico (o “cerebro emocional”). Dependiendo de la biología y de la experiencia, esta protección proviene de una lucha, una huída, o una paralización. Algunos añaden otro factor, el de “reunirnos”, o el de organizarnos en hatos o manadas. Resulta casi imposible evitar estos impulsos; literalmente estamos hechos para reaccionar de alguna de esas formas para defendernos de las amenazas.   

De modo que si yo lo amenazo, casi puedo garantizar que usted reaccionará peleando, huyendo o paralizándose. Cuando se retire, evada o se agrupe con otros, estará adoptando una “actitud defensiva”. Por supuesto, dependiendo de su reacción, usted también puede garantizar que yo responderé con alguna de las mismas reacciones.

La “respuesta a la amenaza” forma parte de lo que el Dr. Daniel Goleman denominó “secuestrar la amígdala”, un tema muy bien definido en la investigación realizada por el Dr. Joseph LeDoux. La amígdala es uno de los centros emocionales primarios del cerebro; una de sus funciones esenciales es la de reaccionar frente a los peligros que se perciben. Como anota el Dr. Meter Salovey, esta reacción es en realidad un ejemplo de la inteligencia que poseen nuestras emociones; en esto se sigue cierta clase de “lógica emocional”, y las decisiones se toman con muy poco o con ningún pensamiento cognitivo; el problema es que muy pocos de nosotros hemos desarrollado este aspecto emocional de nuestra inteligencia.

Entonces, ¿qué es lo que se constituye en “amenaza” desde el punto de vista de la amígdala?  Prácticamente cualquier interacción en la que alguien está tratando de imponerse o controlar a otro, disparará la “respuesta de supervivencia.” La gente trata de controlar a otros avergonzándolos, culpándolos, poniéndolos en aprietos, juzgándolos, desacreditándolos y dividiéndolos.

Diariamente se puede ver en acción esta dinámica en la mayoría de los empresas, colegios y familias. Yo quiero tener la razón, y entonces decido culpar y  juzgar, minimizando a la gente; si “los hago sentir menos” pareciera que mi posición se fortalece. La otra persona reacciona entonces en modo de supervivencia, y la situación se escala. Esto sucede casi todo el tiempo. Y pese a todo, una y otra vez, ¡ yo mismo y otros nos sorprendemos y desilusionamos de que la gente adopte una posición defensiva!

Quizás esta sorpresa ocurre porque la mayoría de nosotros nos creemos maestros del arte de estar en control. “Puedo estar ofendido, frustrado e impaciente,” pienso para mí mismo, “pero ‘dejaré eso a un lado’ y calmadamente le preguntaré qué sucedió.” Entonces, adivine que paso. “Calmadamente” pregunte qué sucedió, y usted reacciona tal como he dicho, “¡Usted la embarró y me siento ofendido, frustrado e impaciente!”

Piense con cuánta frecuencia le sucede algo así: Lo intenta, “deja de lado sus sentimientos” y actúa calmadamente, pero los otros responden como si los hubiera atacado.

Una razón para este malentendido proviene de otro mecanismo de supervivencia que reside en nuestro cerebro límbico. No sólo actuamos para protegernos cuando se nos ataca, sino que somos profundamente sensibles a las amenazas potenciales. Lo que en realidad hace el cerebro límbico es buscar en los demás sentimientos que signifiquen peligro… es como un “Radar contra Peligros.”  Un radar contra peligros en búsqueda de emociones hostiles, como la ira, la frustración, el miedo o la ansiedad. La ansiedad es un asunto fundamental en el tensionante ambiente actual… nuestros cerebros están alertándonos continuamente para que nos preparemos para batallar.

Radar contra Peligros

Cuando usted y yo estamos conversando, su cerebro límbico es un radar contra peligros que me está vigilando. Digamos que yo esté tratando de parecer calmado, pero que por debajo me encuentre realmente frustrado. No por causa suya; yo sólo estoy frustrado debido a algo que escuché.  Así que me encuentro hablando con usted y le pido por ejemplo que trabajemos en un proyecto. Mis palabras no suenan irracionales, pero por dentro su radar está percibiendo algo. Está detectando que mis palabras y mis sentimientos no concuerdan. No sabrá exactamente lo que estoy sintiendo, simplemente detecta que ahí hay algo. Solamente esa falta de concordancia es suficiente para generar miedo en usted; después de todo, le estoy ocultando algo y su cerebro límbico sabe que cuando la gente le está engañando, pudiera ser porque quiere perjudicarle.

Una de las formas como funciona nuestro “Radar contra Peligros” es leyendo expresiones faciales y tonos de voz. En la investigación realizada en la UCLA (Universidad de California, Los Angeles) por el Dr. Albert Mehrabian, el equipo encontró que sólo el 7% de la comunicación se produce mediante las palabras; el resto viene en el tono, el lenguaje corporal y la expresión. El trabajo del Dr. Paul Ekman sobre la expresión facial refuerza estas conclusiones; Ekman ha encontrado que la gente despliega una enorme cantidad de información a través de las llamadas “micro expresiones” que aparecen por todo nuestro rostro. En tanto la mayoría de la gente es capaz de observar los rasgos generales de las expresiones, dice Ekman, muy pocos puede “leer” acertadamente la corriente de micro expresiones. Por ejemplo, si en general podemos distinguir cuando alguien está irritado y está tratando de ocultarlo, ¡probablemente no somos capaces de distinguir si su disgusto está dirigido hacia nosotros!

En cualquier caso, en el medio mismo de nuestra interacción, hay mucho espacio para las emociones e intenciones subyacentes que influyen en el pensamiento. Puede ser que uno no sepa exactamente que está pasando con uno mismo, pero uno detecta las faltas de congruencia o autenticidad.  Dependiendo de nuestros sentimientos y experiencia, y de nuestras relaciones, el cerebro límbico nos envía a puestos de batalla, y muy rápidamente nos podemos tornar reactivos unos contra otros.

Dada toda esta dinámica, no es de extrañar que la gente emplee tanto tiempo y energía atacando y defendiéndose, haciéndose el correcto y culpando a los otros de los errores. “Fluir” como la bola de piedra de la vertiente de agua, es algo tremendamente desafiante en medio de tanta hostilidad.

Para recapitular, hay varias razones por las cuales tendemos a “Contraatacar Primero”:

  1. La gente se defiende cuando percibe algún peligro.
  2. Nuestra amígdala está permanentemente buscando emociones que puedan resultar peligrosas, como la ira o el miedo; es peligrosa una falta de correspondencia entre las palabras, la expresión y los sentimientos.
  3. La ansiedad o el estrés incrementan el “nivel de alerta de peligros”, así que bajo estas condiciones somos aún más sensibles.
  4. Si está presente algún “ataque” en nuestro enfoque, apelamos –casi garantizado- a alguna defensa. Inclusive si tratamos de esconder nuestra frustración y nuestra rabia.

¿Qué podemos hacer sobre todo esto? En la Segunda Parte exploraremos la metáfora de la fuente de agua y las oportunidades que tenemos para fluir en lugar de pelear. Mientras tanto, ensayemos estos ejercicios para incrementar nuestra conciencia acerca de Contraatacar Primero y acerca del Radar contra Peligros.

  1. Sintonice sus propios sentimientos con su “Radar contra Peligros”, para saber qué cosa dispara su respuesta de Huir, Pelear o Paralizarse. Durante los próximos uno o dos días, obsérvese para ver si siente rabia, frustración, o si está a la defensiva. ¿Qué otros sentimientos tiene al mismo tiempo? ¿Cuándo descubre que tiene ganas de pelear? ¿De huir? ¿De paralizarse (o de suspender actividades)? ¿Qué sensaciones físicas tiene en las palmas de las manos, los intestinos, o en la nuca, espalda u hombros?
      
  2. Juegue “el juego del cine mudo” al almuerzo, en el bus o en el aeropuerto. Observe a la gente, y piense si es capaz de adivinar qué está sucediendo por dentro. El juego es más divertido cuando se tiene a alguien más jugándolo… cada uno observa la misma escena, y luego todos comparan sus anotaciones acerca de lo que cada persona estaba pensando.

     

  3.  Observe sus propias micro expresiones. Haga que alguien lo filme cuando realiza alguna actividad que le genere diversos sentimientos (por ejemplo hablar con su suegra). Luego observe la filmación pausándola con intervalos de segundos. Si se siente osado, invite a su socio o socia del “juego del cine mudo” a mirar con usted la filmación; es probable que se asombren por lo mucho que son capaces de observar.
     
  4. Invente un “estresómetro”; este estresómetro puede ser tan sencillo como las tarjetas de biblioteca, con las que utilizará una escala de 1 a 10, y un sencillo clip para unir papeles que pueda deslizar hacia arriba y hacia abajo. Cuando de veras se sienta fatigado, exigido, que ya no aguanta más, o ansioso, coloque el clip cerca del número 10. Cuando se sienta sereno y controlado, colócalo cerca del número 1. Durante algunos minutos, cada día, examínese, observe su nivel de estrés, y márquelo en el estresómetro. No haga nada para “administrar” el estrés en este punto. Sólo observe.
      
  5. Al mismo tiempo, observe cómo cambia su nivel de reactividad conjuntamente con el uso del estresómetro. De nuevo, no juzgue ni lo cambie, sólo observe cómo su nivel en el estresómetro afecta su Radar contra Peligros. Puede hacer de esto algo más divertido colocando un montón de monedas en un bolsillo o en una esquina de su escritorio. Cada vez que se sienta reactivo, ponga una moneda en un vaso.
      
  6. Examine su propia congruencia o autenticidad. Cuando dice algo que realmente no quiere decir, ¿qué siente emocionalmente y físicamente? Cuando no es completamente congruente, ¿cómo afecta eso su voz, su postura, su nivel de energía, su capacidad de sentarse quieto, la compresión de sus músculos (por ejemplo en los dedos de los pies)? Nuevamente, este ejercicio no se trata de ser más congruente; se trata de notar las sutiles señales que acompañan al hecho de esconder (o tratar de esconder) alguna parte de sus sentimientos.

He visto que a mucha gente –incluido yo mismo- no nos gusta mirar esa parte de nosotros mismos llamada “Contraatacar Primero” antes de disponer de un buen grado de seguridad. Por definición, uno no se siente seguro cuando está sonando el Radar contra Peligros, de tal modo que el asunto es bastante retador.  Es posible que uno se encuentre evadiendo esta investigación poniéndose a la defensiva, trivializando, ¡o incluso contraatacándose uno mismo!

Si descubre que está evitando observar sus patrones relacionados con la reactividad, puede ser porque además está haciendo juicios sobre lo que observa (p.ej. decirse a sí mismo que algo está mal o bien, que esto debería ser de una forma o la otra, o incluso que esto debería ser la excepción y no la regla). Observe los juicios (no se juzgue a sí mismo por tenerlos), y háblese a sí, “Sí, ése es uno de los posibles juicios (y también existen otras conclusiones razonables).”

En tanto espera la segunda parte, tenga esto presente: Mientras luche por tener la primacía en la pelea, siempre tendrá que luchar. Cuando elige practicar su sabiduría emocional, practicar el vivir en flujo, descubrirá una fuerza auténtica que le libera de la necesidad de mostrar lo fuerte que es.

 

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